La Habana sin Fidel

Article published by convoca.pe

 

Cuba inició hoy lunes 28 de noviembre hasta el 4 de diciembre la despedida a Fidel Castro, artífice de la Revolución de 1959. Desde las nueve de la mañana, se abrieron las puertas del memorial José Martí, para que los cubanos entren en fila a darle el adiós al hombre que marcó sus vidas. Convoca.pe publica una crónica escrita desde La Habana por el cineasta italiano Alessandro Pugno sobre los sentimientos encontrados de la gente luego de anunciarse la muerte del expresidente cubano.   

Apenas terminamos de bajar las escaleras de casa para ir al mercado cuando el casero se nos acercó sobrecogido: “Ha muerto Fidel”, dijo. En la cara de este hombre de casi sesenta años se dibujaba un dolor que mezclaba incredulidad y sorpresa; su cuerpo sin embargo quería disimular imponiéndose al sentimiento. Una especie de escalofrío recorrió todo mi cuerpo, sabía que aquel momento significaba una fractura entre un antes y después, un antes y un nunca jamás. Sin embargo, en las calles arboladas de El Vedado, todo, esta mañana de sábado, parecía seguir con la misma tranquilidad y rutina de siempre: el tipo de la esquina seguía tratando de venderle el reloj rojo a los transeúntes, el de enfrente esperaba la llegada de la pintura blanca que no hay en toda la isla desde semanas, los pocos turistas que frecuentan este barrio seguían fotografiando lo exótico que les parecen los Cadillacs del siglo pasado que aquí llaman almendrones.  

Sólo la televisión del café de la esquina parecía percatarse de lo ocurrido. La pantalla rendía homenaje al hombre que había plasmado a su imagen y semejanza este país tan extraño a lo largo de casi 60 años: no había ninguna foto de los últimos días de su vida, de su enfermedad o de su cuerpo muerto. La televisión rendía homenaje al joven, al guerrillero, al tribuno, al jefe, en un afán de preservación de una imagen fresca y actual de la revolución. Recuerdo un poster que vi en la calle Obispo, la calle principal de La Habana Vieja. En él se retraían dos viejecitos, Raúl y Fidel, con los brazos levantados y las manos que se juntaban en alto y se leía: “La revolución sigue pujante y victoriosa”. Pero los héroes ¿no son todos jóvenes y bellos?  

Entre los varios testimonios y homenajes que pasa la televisión hay el de una actriz muy famosa en la isla: Corina Mestre. Esta mujer tiene un semblante y un tono de voz parecido al de Mercedes Sosa y está recitando un poema que escribió sobre Fidel. Lo llama “El caballo” y logra conmover a todos los presentes. Fidel amaba rodearse de artistas y le gustaba decir que ante de todo era un literato; como literato y poeta fue otro padre de la patria cubana, José Martí, el hombre que empezó la guerra de independencia contra los españoles. No sé si se debe a su legado, pero esta centralidad de la cultura es un hecho muy visible en la isla. Cualquier persona de cierta edad aquí sabe recitar de memoria un poema o una canción que para el cubano es lo mismo. El arte y la cultura son todavía un fenómeno colectivo y tienen un valor social muy celebrado. Los artistas y sobretodo los músicos son de hecho los profesionales más cotizados.  

En el café acaba de entrar un joven: dice que han prohibido vender alcohol en todos los establecimientos. Parece ser la única medida excepcional tomada y efectivamente, al salir de la cafetería las calles, iguales a siempre, no parecían trascender ninguna excepcionalidad. Sin embargo después de un tramo de camino, me doy cuenta de que no había viejos. Los viejos estaban abrigados detrás los ventanales de sus casas: podía entrever sus siluetas reclinadas hacia la televisión en perfecto silencio, frente a aquella noticia que para muchos de ellos debe significar el final de un época, no sólo la de Fidel sino la de varias generaciones que vivieron el apogeo de la Revolución, o dicho de otra manera, los que se acuerdan cómo era la isla antes de Fidel, en la época de Batista. 

En el parquecito cerca de casa me senté en un banco para leer como los periódicos internacionales comentaban la noticia. Aquí hasta el Internet es un fenómeno colectivo: el acceso a la web se da casi sólo en algunos parques, es una novedad muy reciente. La señora a mi lado no pierde de vista al nieto que está jugando con otros niños. Le pregunto cómo se sentía. Ella me responde que muy triste, como toda La Habana. En el parque sin embargo los jóvenes seguían videochateando con amigos y familiares (aquí todo el mundo tiene a algún ser querido en Miami o en Europa) hablando de sus problemas personales como si nada hubiese pasado. En el parque, exceptuando la abuela con su nieto, sólo estaban ellos, los jóvenes, los que habían nacido después de la caída de la Unión Soviética, cuando empezó la catástrofe económica. Son la generación de los que no conocieron el antes, sino solo el después: una época de sacrificio, donde el jabón cuesta la mitad de su sueldo, época esquizofrénica de las dos monedas paralelas, de los universos paralelos, la Cuba real y la Cuba de los turistas donde un médico gana 30 veces menos que el portero de un Hotel, la Cuba de la “jineteras” que los europeos llaman acompañantes o en algunos casos princesas. 

En esta Cuba los jóvenes intentan sobrevivir como pueden, trabajando en lo que sea, todo para comprarse una hora de Internet, que vale dos dólares, un décimo de su sueldo mensual, y al final de esta peripecia llegan aquí para conectarse y hablar con el mundo. Ellos con esos dos dólares miran el mar más allá del Malecón, porque, a diferencia de sus abuelos quieren ser menos cubanos y más ciudadanos del mundo. Un mundo global que aquí no está permitido. 

Pasan las horas y la noticia de la muerte de Fidel toma posesión de las calles. En La Habana Viaja, reina un silencio espectral: los instrumentos de los músicos que tocan a cualquier hora, yacen quietos en las esquinas de los bares; las voces de los hombres y de las mujeres que tratan de vender a los turistas un pasaje en taxi, un mojito, o la cena más excepcional de toda La Habana, suenan a disco roto. Pocas horas después de la noticia, el cubano se descubre por primera vez discreto y púdico casi violentando su esencia.  

En un carro colectivo de vuelta a casa, una mujer está dando de comer al conductor, su marido. Pregunto cómo sienten La Habana, hoy que ha muerto Fidel. “Estamos tristes” dijeron al unísono. “¿Ustedes creen que algo cambiará?” – pregunté. Antes que pudiesen contestar, otra pasajera que parecía indiferente a la conversación protestó: “¡Esto no cambiará nunca!”. Los tres comenzaron un debate animado. Ella quería que se pudiese elegir libremente al presidente de Cuba, y el chofer más prudente, le dijo: “Tienes razón, pero ¿a costa de qué pagaremos estos cambios que tú dices? Aquí tenemos salud y una tranquilidad única en América”. Les pregunté si esta tranquilidad más que a la política se debía al carácter del cubano. Él me respondió tajante que no, que el cubano es un hombre revoltoso y malcriado: “Fue Fidel que nos educó”. La señora detrás asintió. Los tres con sus ideas tan distintas sobre su legado político y económico convenían sobre una cosa: ir a rendir homenaje a Fidel en la Plaza de la Revolución, y cuando el luto nacional haya acabado cada uno volverá a su casa con sus ideas, sueños y dudas sobre si todo cambiará. 

La vieja generación defiende su fiera y digna identidad, mientras los jóvenes en el malecón miran el mar hacia el más allá, porque quieren ser menos ellos y más de todo el mundo. Y los niños miran con la misma ternura de siempre, como si hoy no hubiese pasado nada.  

Así es La Habana hoy, hoy que ha muerto Fidel. 

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